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martes, 28 de mayo de 2019






Ya no río.


Meto el pie, que no la pata,
para comprobar si antes de mojarme
voy a tocar fondo.
Intento verme reflejada en el agua
aguanto la respiración y dudo
si lo mejor es de golpe o poco a poco.
No se ve la orilla desde aquí.
Quizás querer ver más allá es para valientes que no temen hacerse daño con más piedras del camino porque tienen claro que
si duele, sanará.
Hace tiempo que no miro antes de cruzar
(los dedos)
pero suelo
salir a flote
porque saber nadar no implica que no puedas hundirte.
Es el peso que cargas lo que tienes que saber llevar.
Ya estoy hasta el cuello y no me sale gritar pidiendo ayuda.
La última vez que lo hice pude
rECOnocer la voz salvavidas.
Y me di cuenta, entonces,
que el que se baña solo
nada
a braza.




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