LA MONTAÑA.
Nacemos pensando en la idea de un principio que conlleva a un final más que conocido. Mantenemos hasta bien mayores la idea de que tenemos que recorrer un camino y llegar a un destino.
Y empieza desde que tus padres te enseñan a caminar. Mamá te suelta y vas caminando hacia papá. Y te sientes protegido.
La vida no es sentirse protegido. La vida es arriesgar.
La vida es una montaña.
Empiezas a vivirla cuando tomas la decisión de afrontarla, cuando te acercas a sus pies, miras a arriba y su inmensidad no te hace dar marcha atrás sino que te atrae, te empuja.
Eso que desde fuera se ve minúsculo y facil de superar cuando te toca de lleno cambia.
Te cambia.
Y cuando decides adentrarte ya has dado el mayor paso de tu vida.
Cuando vemos una montaña pensamos en caminar para llegar a la cima. Cueste lo que cueste.
Nos olvidamos de nuestros pulmones, de que ya, a cierta altura, nos va costando más respirar.
De pronto, cuando crees que no puedes seguir, que hasta aquí, que prefieres descansar, miras a tu izquierda, luego a tu derecha y los ves.
Ahí estan.
Nunca han dejado de estar.
Te levantas, te limpias las heridas y sigues hacia delante.
Y te das cuenta que lo importante no es llegar a la cima y ya está, lo importante es el camino y quién está contigo y te ayudar a avanzar, a alcanzar la cumbre sin hacerse notar. Porque su propósito no es llegar a ser reconocido por acompañarte, sino que lo que realmente les importa es si lo logras tú.
Por todo esto no podemos olvidar una vez que estemos allí arriba a los que hicieron todo porque fuese posible.